por Ana Teresa
López de Llergo
Al tratar del tema del hombre y la mujer
en el mundo, es difícil ser totalmente imparcial, porque si es una mujer quien
habla del asunto, generalmente aparece el afán de ser mejor tratada y de ser
tenida más en cuenta. Lo mismo sucede desde la perspectiva masculina. Además,
si a esto se añaden experiencias negativas en la propia vida, aumenta la falta
de objetividad.
La tendencia contemporánea es desconocer
la realidad e imponer una libertad por encima de cualquier norma, de cualquier
aspecto que suene a imposición, incluso a costa de toda evidencia. Esto, por
supuesto afecta a las relaciones entre hombre y mujer, en concreto a la
masculinidad y la feminidad.
El enfoque es totalmente subvertido
porque es la subjetividad predominante. Y cuando la subversión consiste en una
negación de la complementariedad de los sujetos de la relación; cuando se acusa
a la relación de reflejar sólo el predominio del uno y la sumisión de la otra,
reforzada por prejuicios y estereotipos, podemos asegurar que esa relación se
interpreta en clave de poder, de dominio y de sometimiento.
El discurso habla de nuevas libertades y
oportunidades, pero la verdadera intención es implantar un nuevo orden
totalitario, político y antropológico.
Esta dirección se ha complicado con
variadas circunstancias, como la de la experiencia de siglos que delimitaba el
hogar a la mujer y el mundo al varón; ello cae definitivamente el siglo pasado
con la irrupción femenina en los trabajos extra domésticos. Entonces el hombre
asume más responsabilidades dentro de la casa y se rompen paradigmas de rigidez
en la asignación de actividades, no sin bastante perplejidad por parte de
ambos: mujer y varón.
La lucha de la mujer para ser tomada en
cuenta con los mismos derechos del hombre provocó diversos feminismos.
Uno, que causa muchos estragos, defiende
una identidad total, pretende borrar las diferencias sexuales, la igualación de
derechos y libertades, proclama el discurso del género con la autodeterminación
del sexo.
Otro feminismo, el de Edith Stein.
Consiste en un feminismo de la diferencia, y ve la especificad femenina como
modo correcto de interpretar la evidente y necesaria complementariedad
varón-mujer, para llevar a cabo el destino de la humanidad.
La
familia, el lugar donde es clara la diferencia y la complementariedad
Blanca Castilla observa que la
diferencia entre el padre y la madre es la que existe entre las preposiciones
en y desde. La madre es madre “en”, el padre es padre “desde”.
Físicamente la madre vive “en” su cuerpo
la concepción, la gestación y el alumbramiento del hijo. Tras el alumbramiento,
vive psicológicamente toda su maternidad de igual manera: “en” sí misma.
Puede decirse que la maternidad no
concede distancias entre madre e hijo. Madre e hijo son dos personas distintas,
obviamente; esto la madre lo sabe, pero no lo vive. El binomio madre-hijo es
vivido por la madre como un continuo psicofísico en el cual la madre no llega a
definir los límites entre ella y el hijo, hasta el punto que vivirá todo lo que
le acontezca al bebé en primera persona, como si le estuviera ocurriendo a
ella.
Desde aquí se explica el amor de la
madre, un amor de la mejor calidad, con una entrega total y permanente,
previsora, tenaz, sacrificada, cálida, protectora. Un amor que asume y hace
propio todo lo del hijo y que procura para él todo aquello que entiende como
bueno, al tiempo que trata de evitarle todo dolor y todo sufrimiento.
De toda esta experiencia se tiende a
despojar a la mujer.
El padre, por el contrario, por más
cercano que quiera estar con el hijo, y conviene que lo sea tanto como pueda,
siempre será padre “desde” cierta distancia. No se ha de entender este continuo
psicofísico materno y esta distancia paterna en términos de ganancia o pérdida
para el hijo, como si para el niño fuera bueno o menos bueno lo uno o lo otro.
Padre y madre son complementarios y el hijo necesita de ambos por igual, si
bien de manera diferenciada, ya que cada uno tiene sus momentos de prevalencia
según la edad del vástago.
La ventaja para el hijo de esta
distancia paterna consiste en que, gracias a esta distancia, el padre le puede
hacer ver al hijo y a la madre, a ambos, que uno no son el otro. En este
binomio madre-hijo el padre tiene el papel de entrar “desde” fuera y aclararlo,
no romperlo, pero sí desenmarañarlo, ya que, al actuar “desde” la distancia,
pone de manifiesto, por medio de la relación, que no es ni uno ni el otro. Al
padre le corresponde establecer la diferenciación entre madre e hijo que ella,
la madre, no puede hacer por sí sola. Dicho de otra manera, es “poner las cosas
en su sitio” entre madre e hijo.
Gracias al padre se establecen dos
ámbitos de relación perfectamente diferenciados que el hijo experimenta de
manera cotidiana: papá-mamá y papá-niño. Así, por propia experiencia, el hijo
irá entendiendo que papá, mamá y niño son tres personas perfectamente
diferenciables y diferentes; esto facilita experimentar la propia identidad.
Es necesario subrayar que la identidad
no consiste sólo en saber quién es cada cual, sino también qué es. La
adquisición de identidad es un proceso largo y complejo, porque la identidad no
es la respuesta a una pregunta simple. La identidad no es sólo la respuesta a
la pregunta “¿quién?”. Eso lo podría hacer la madre sola, porque para responder
a la pregunta “¿quién?” bastaría con que el preguntado sepa su nombre. “¿Quién
eres tú?” “Juan”, “Lorenzo”, “Mónica”, etc. Pero la identidad no se acaba con
esa respuesta: la identidad incluye, además, la respuesta a la pregunta
“¿qué?”.
La respuesta a la pregunta “¿qué?” es
múltiple, porque en ella entran varias dimensiones de la persona. Además de ser
“Lorenzo”, por ejemplo, lleva en su identidad su sexo: ser varón; su
nacionalidad, su profesión, y más detalles decisivos, pues todos responden a la
pregunta “¿qué?”.
De estos datos, el del sexo tiene especial
protagonismo, porque el sexo determina a la persona con mucha mayor intensidad
que cualquiera de las demás dimensiones. Conviene saber que la identidad sexual
la pueden afirmar los dos, padre y madre, pero la confirma el padre, no la
madre. La figura del padre y una relación paterno-filial normal hace que los
hijos se sientan a gusto en su papel de hombres por imitación, y confirma a las
hijas en su papel de mujer por contraste. En la infancia el mensaje es bien
simple: “Tú eres un hombre como papá”, “tú eres una mujer como mamá”.
Al llegar la adolescencia con su
turbulencia, el ejercicio de la paternidad es absolutamente imprescindible,
porque la inestabilidad emocional del hijo necesita más apoyo, consejo,
autoridad y la cercanía de la figura viril. Para entonces, ese mensaje de la
infancia habrá de transformarse en un diálogo “de hombre a hombre” con los
varones y de padre a hija con las mujeres.
Cuando falta el padre, porque no está o
porque no ejerce, la función de dar identidad sexual es deficiente y puede
influir en la opción por la homosexualidad en el hijo. Variados estudios serios
llevados a cabo con personas de tendencias homosexuales señalan como una de las
causas de ésta, la ausencia o las graves carencias de la figura paterna. De
allí la importancia de las funciones propias de la figura paterna.
Fincar
la identidad y la seguridad de la prole
Todos nos movemos en dos ámbitos: el
subjetivo y el objetivo. El primero es propio del sujeto que cada quién es, con
su mundo interior, en donde damos peso y medida al propio yo, a lo que nos
rodea y a los acontecimientos. El objetivo está conformado por personas y cosas
tal cual son. Lo deseable es alcanzar la madurez en el equilibrio de los dos
ámbitos, es estar bien situado: conociéndose y conociendo, decidiendo y
actuando.
En la relación objetivo-subjetivo, la
madre atiende a lo subjetivo, el padre a lo objetivo. A la madre le es más
fácil ver cómo se encuentra el hijo por dentro, al padre cómo afronta al mundo.
La madre va a lo subjetivo y el padre a lo objetivo preferentemente, aunque no
exclusivamente, pero la madre tiende a situarse instintivamente en el mundo
interior mientras que el padre lo hace en el entorno. La madre se ocupa del ser
del hijo, mientras que el padre tiende a fijarse en el papel que el hijo
desempeña.
En la infancia puede parecer que al niño
le basta el mundo protector de la madre; en la adolescencia ya no, pues empieza
el ensayo a vivir sin depender. Cuando el padre está y actúa como debe, su
función será permitir, facilitar, regular, sancionar adecuadamente. Así, los
adolescentes amplían el mundo de la madre y entran al mundo contando con un
buen consejo. Si el padre no está, o no actúa como debe, puede surgir o el
infantilismo de quien no sabe cómo crecer, o el vandalismo de quien crece sin
respetar.
Por supuesto que cuando falta alguno de
los padres el camino a la madurez se logra, pero no cabe duda que es más fácil
cuando están padre y madre y cada uno cumple con su responsabilidad.
Una
legítima solicitud a vivir responsablemente la paternidad
Para vivir sin sobresaltos la
maternidad, no está mal visto que la mujer pida al padre que aporte lo que le
caracteriza; entonces ella protegerá desde dentro, porque de la madre esperan
los hijos atenciones y cuidados; del padre, seguridad. En brazos de la madre,
el niño se abandona, duerme y descansa; en brazos del padre, el niño despierto
observa el mundo.
Pedir al padre su presencia para
cimentar la identidad, ahora tan confusa, y el acompañamiento a los jóvenes en
los primeros pasos que dan en el campo extra familiar.
Pedir al padre su compañía cuando haya
que dialogar sobre las actitudes de los hijos.
Pedir al padre su fortaleza para contar
con su apoyo en los momentos de dificultades reiterativas, para no perder la
esperanza.
Pedir al padre su incondicional ayuda
para buscar los recursos ordinarios o extraordinarios que el paso de los años
demanda.
Ofrecer al padre la comprensión y apoyo
cuando los resultados esperados tardan en llegar.
Fuentes:
Castilla
y Cortázar, Blanca. “Persona y género: Ser varón y ser mujer”, Ediciones
Internacionales Universitarias, Barcelona, 1997.
Martín
Rincón, Estanislao. “Ser hombre: varón y padre”, Forum libertas, marzoVolver a: Mujer